Pecadillos de lesa literatura
Estimados lectores, lectoras e intertextuales:
Hoy me toca hacer una confesión que seguramente me arrastrará hasta el infierno de los lectores y que probablemente hará que esa imagen que tengo de hombre probo y honesto se tambalee, pero es necesario que confiese para poder mirarme al espejo de nuevo: He comprado libros fotocopiados. Además no una, sino dos veces.
Nunca creí que iba a llegar a esto, pero mi obnubilación por los libros ha logrado que vulnere los sacrosantos principios de la propiedad intelectual, aunque de un modo involuntario que explico en los siguientes párrafos.
Cuando hablo de libros fotocopiados seguramente tú, oh lector de país desarrollado, estarás pensado en un anillado en espiral de un montón de hojas A4, normalmente en B/N, y cuya portada y contraportada exhiben un innoble plastificado de color azul entre transparente y traslúcido. Pues no, te voy a decir de lo que hablamos. Hablamos de un ejemplar con un parecido tan grande con los originales que, a simple vista, pasa desapercibido. Así que yo, ingenuo en estas lides, un día de Agosto del 2006 de cuyo nombre no quiero acordarme, y encontrándome en una céntrica avenida de Lima para agenciarme unos libros técnicos que necesitaba y de este tipo si he de confesar que a lo largo de mi vida he fotocopiado unos cuantos, algunos de ellos íntegros, porque muchas veces el bolsillo de un estudiante no está para dispendios, y deambulando sin rumbo fijo de librería en librería, topé con un maravilloso y un poco ajado libro, que al momento de escribir estas líneas tengo en una estantería delante de mi, de título El malestar en la globalización, del premio Nobel de economía Joseph E. Sitglitz. Confieso que lo primero que me atrajo fue lo añejo de la encuadernación y el título del autor, del que aunque no había leído hasta ese momento ningún libro, si había leido artículos suyos que habían sido publicados en el diario EL PAIS y también conocía su participación en foros alternativos como el de Porto Alegre. ¡Dios mío!, pensé, he topado con una librería de viejo y seguramente voy a poder acceder a auténticos incunables a precios módicos. Dicho y hecho, tras abonar el precio solicitado por la dependienta, en aquella época no era versado en las lides del regateo latinoamericano, cosa que voy aprendiendo de una manera muy aplicada, me dirigí feliz como unas castañuelas al domicilio que comparto con la Srta. EM y expresé mi felicidad por haber encontrado un libro de un premio nobel de economía a un precio relativamente módico. La Srta. EM, tras afearme la conducta por comprar más libros de los que soy capaz de digerir, cosa que ya no es cierto, me habló de la floreciente industria de la reproducción pirata de libros que existe en este país y que hace, y esto lo he comprobado personalmente en un mercado céntrico de esta ciudad, te ofrezcan novedades editoriales de autores patrios pocos días después de que estos hayan editado el libro en cuestión. Y así es, al leer estos dos libros con detenimiento te das cuenta, avezado ya uno por años de lecturas, que la textura, el grosor, brillo y la encuadernación no son las que tiene que tener un libro como Dios manda, que las páginas adolecen de falta de brillo y de gramaje en un papel de calidad deleznable y con un pegado de las separatas que deja mucho que desear. Concretamente en uno de estos dos volúmenes, cada 50 páginas se salta 3, que supongo yo que dejan al albur de la imaginación del lector. Siguiendo con las calidades, los tipos están poco definidos, la portada, en vez de ser de cartoné era completamente plastificada.
El segundo, y prometo que último, dislate literario de estas características, lo cometí en la ciudad de Arequipa una tarde que deambulaba sólo por sus calles haciendo fotografías a los monumentos. La verdad es que en este caso, por las características del lugar dónde cometí el dolo, un puestillo ubicado en un soportal de un edificio antiguo, enseguida me di cuenta de que no era un original, uno ha desarrollado ya un cierto ojo clínico de tanto ver libros de factura semejante ofrecidos en muchas calles de Lima y logra diferenciar los trasuntos de los originales. Seguramente estar aburrido de tanto andar y hacer fotografías, la necesidad de un poco de lectura vivificadora con la cual enjuagar mi cansancio cuando llegase al hotel y lo atrayente de la sugerencia literaria, era El libro negro de Ophan Pamuk, premio Nobel de literatura del año 2006 y que es un autor que me agrada aunque lo he degustado poco, creo que solamente he leído anteriormente Nieve, hicieron que me decantase por la compra, tras lo cual me dirigí raudo hacia el hotel, en el cual me tumbé cómodamente en la cama y, tras doblar convenientemente la almohada, procedí a perderme entre sus páginas.
Alguien que no me conozca, creerá que el que escribe estas líneas es un auténtico corsario de la palabra escrita. Pues debo decir que no. Reconozco que el haberme agenciado dos copias piratas de estos dos libros no está bien, pero uno hasta ese momento nunca había comprado, empezando porque en España no creo que exista la venta de una manera tan evidente, libros piratas. Pero en mi descargo debo de decir que soy un asiduo visitante y comprador de las librerías de esta, y aunque seguramente se sorprendan ustedes, culturalmente activa ciudad de Latinoamérica. Es más, espero que en cierta librería de San Isidro, todavía esté disponible una edición que llamó mi atención hace ya bastante tiempo, en seis volúmenes, de Los pasos perdidos y que Dios mediante, compraré en cuanto tenga el dinero suficiente. También, y cómo descargo diré, que en la tierra que me vio nacer he adquirido decenas de volúmenes, que evidentemente me he leído, y aunque a gente como yo el gremio de libreros le debe odiar, espero que cordialmente, debo referir que de unos años a esta parte les he puesto los tubos con los portales de e-commerce.
Mi primeras lectura de literatura peruana fueron, cuando terminaba mi adolescencia, los libros El mundo es ancho y ajeno y Pedro Páramo de Ciro Alegría, máximo exponente de la literatura indigenista peruana. Con posterioridad, recuerdo que fue en el año 94, al poco de publicarse si la memoria no me falla, y cómo si me falla voy a hojear el volumen que se encuentra justo en un anaquel encima de la mesa dónde escribo esto, me regalaron Permiso para Vivir, primer libro de Antimemorias de Alfredo Bryce Echenique. La experiencia fue hilarante y muy gratificante, y pasó a ser directamente desternillante con su segundo libro de Antimemorias, Permiso para Sentir. A Vargas Llosa lo pude llegar a leer de muy joven, ya que mis padres tenían una edición de Bolsillo de La ciudad y los perros, pero la verdad el ver un doberman en la portada me hizo desistir siquiera de cogerlo de la balda para ojearlo. Con posterioridad si he leído algunas obras del autor aprovechando que publica con Alfaguara y con la suscripción anual al diario EL PAIS puedes elegir como regalo un libro de dicha casa editora, recuerdo dos joyas a las cuales pude acceder gracias a esa suscripción: La fiesta del Chivo y El paraiso en la otra esquina. La prosa de Rocagliolo y lo que cuenta también me interesa mucho y estoy esperando, como agua de mayo que en los talleres de la editorial Mondadori acabe de cocinarse la edición de su nueva novela, cuyo primer capítulo ha aparecido publicado en un medio de prensa escrita peruano, para poder adquirirlo y leerlo. Los dos últimos libros que he adquirido, leído aún solo el primero, en librerías de Lima son El enigma de París y Racismo y Mestizaje y otros ensayos, con la conveniente aplicación a su precio de venta al público del IGV (Impuesto General a las Ventas), algo similar a IVA europeo, correspondiente. Y ya que estamos en plena campaña para potenciar la lectura en la sociedad peruana, por que no decir que en otras latitudes, y para ponerselo fácil al potencial lector, los libros y por extensión una gran cantidad de artefactos culturales tienen un régimen tributario especial, aplicando un impuesto reducido, o directamente están exonerados de los mismos.
De cualquiera de las manera expreso, en posición genuflexa mientras escribo estas últimas líneas y lamentablemente sin haber podido agenciarme un capirote y un saco atado con un cíngulo que me sirviera de vestimenta y que aparte de mostrarme cual relapso medieval, acrecentara el dramatismo y la contrición que quiero
expresar con esta foto, mis mas sentidas excusas a estos dos autores (Sitglitz y Pamuk) así como a las editoriales que han publicado estos dos libros, y aunque no sirva de nada, y en justa compensación, y teniendo en cuenta que cualquier intento de comparar esto que ustedes leen con la más ínfima de las producciones de esos dos premios Nobel (el primero de Economía en el 2001 y el segundo de Literatura en el año 2006) sería una boutade más de algunas (la exhoneración de impuestos para los libros no creo que lo sea) de las que suelo escribir, por lo cual invito a todo aquella imprenta, editorial, o lector de este blog a que reproduzca, total o parcialmente, el contenido del mismo tantas veces como quiera y en cualquier tipo de medio, ya sea este digital, electrónico, foto estático o de índole manual.
Sin caer en extremismos, que nunca son buenos, y cómo decía una tonada que acompañaba a un spot de mucha difusión en televisión española a mediados de los años 80, Todo está en los libros.
Normalmente los medios culpan, casi de una manera exclusiva a los vehículos de la polución, ya que tenemos uno de los parques automotores con peor entretenimiento y más viejos del continente, y también de los graves problemas ambientales que sufre la ciudad. Yo creo que, aunque la parte del león provenga de esta causa, que Lima tenga unos niveles de contaminación ambiental que superan en 7 veces las recomendaciones que realiza la Organización Mundial de la Salud, me parece que también tienen que ver con cierto sector de la industria que hace de su capa un sayo con las, no se si recomendaciones o normas de obligado cumplimiento, que en materia ambiental tiene este país. Los que vivimos en las cercanías de empresas industriales podemos dar buena cuenta, bien es cierto que de un tiempo a esta parte cada vez sucede menos en la zona donde vivo, de irritaciones oculares y malos olores que me temo provocan determinadas emisiones, no se si voluntarias o producto de escapes, de esa industrias.
En cuanto a las emisiones contaminantes, y siendo este un país que tiene unos yacimientos muy importantes de gas, a mi modo de entender, pasaría por implementar medidas que favorecieran la conversión de los vehículos a gas natural. Creo incluso que en aquellos casos en los cuales el vehículo no ofrece otras alternativas para dejar de ser una cámara de gas con ruedas, esta conversión debiera ser de obligado cumplimiento. Las únicas emisiones que desprende un motor que funciona con gas natural es agua y además el costo del combustible y su rentabilidad (litros por kilómetro) es mucho mayor.
Estimados amijos, hoy el tema de la note va a versar sobre música y baile. Esa bella arte debatida hasta la extenuación en las veladas perábicas (ruego al Sr. ORA que me explique vía mail, con la erudición y prolijidad que le caracteriza, sí debemos acentuarla o no; en uno u otro caso me gustaría una justificación lexicográfica). En fín, a lo que vamos, centrémonos dentro de esta bella arte en la música y el baile latinoamericanos. Debo de avisar que al momento de empezar a escribir esta note me encuentro sumido en un proceso febril y diarreico, seguramente producto de la vacuna que me inyectaron ayer, y en vez de estar preparando las clases que tengo que dar el lunes, he decidido aprovechar estos momentos de aflicción para pasar un poco el rato, al menos haciendo algo.